viernes, 10 de abril de 2015

Es la Pascua, el paso del Señor por nuestras vidas...


Indudablemente Cristo ha Resucitado para nuestra redención, para mi redención!!!


A veces en las planicies de las montañas abajadas, se construyen torres y almenas para atrincherarse, ya no en las alturas desafiantes y acantiladas, sino en murallas de soberbias y muros de egoísmos. Paredes tapizadas con almohadones de acomodamiento y luces de indiferencia. Esto sucedió, aconteció, fue real en el caso particular.
Pero alguien llegó, con montadura de humildad y mansedumbre, ofreciendo de comer y beber, mas nadie abrió, la puerta adornada de “no pase” siguió cerrada. Sus heridas que eran mis heridas, ensangrentaron los jardines de opulencias (mi opulencia) y levantando el polvo de la maledicencia (mi maledicencia) con el madero a cuestas. Se quedó en pie, tambaleándose, el manto purpura se hacía húmedo de la sangre, llevaba una espinada corona trenzada y adherida a sus cienes, la espalda surcada de golpes y adornada de moretones y llagas sangrantes.
Allí estuvo no se movía, y las puertas no se abrían. Siete días se mantuvo en pie, aguardando, más nadie le abrió. Ese día antes de caer, con su mano derecha tocó la puerta de mi corazón, un escalofrío hiso rechinar las paredes de la torre y las almenas se encendieron, se escuchó en los pasillos de la trinchera una voz suave y queda, que como brisa tranquila acarició los muros de egoísmos, un temblor agrieto las paredes, y un fuerte viento azotó el lugar. Mientras que afuera de la muralla, en la puerta, el hombre maltrecho y ensangrentado cayó rostro en tierra, todo quedó en calma, un charco de sangre y agua inundó la planicie de la montaña donde se había construido la trinchera.
Todo comenzó a caer, los jardines de anegaron de agua y sangre, las paredes caían como castillo de naipes, las almenas humeantes fueron apagadas por el viento recio que también hizo volar el techo de la comodidad y los almohadones de acomodamiento. Nuevamente estaba yo sólo en medio de la montaña, rodeado de sangre y agua. El hombre sangrante ya no estaba, desapareció dejando mucho silencio a su paso, solo estaba yo. La oscuridad se cernió sobre el lugar, mucho ruido había en mi mente, mi corazón latía vertiginosamente y muchos recuerdos llegaron a mis ojos.
Me había vuelto a perder. Me había dejado llevar por el egoísmo y la soberbia. Había echado a un lado lo bonito de sentirse amado y libre. Dos días meditando y reflexionando, al tercer día, muy de madrugada, cuando yo aún seguía a la intemperie de la planicie, tiritando de frio, hambriento y sediento, una luz radiante inundo el lugar, mis pupilas se contrajeron, mi palidez era notoria, mis ojeras me delataban, las lágrimas habían hecho dos líneas que surcaban mis cara llena de lodo.
Aquel que antes sangraba por sus heridas estaba de pie, hermoso y radiante, ahora de sus heridas brotaba luz, no sangre. Se acercó a mí, me tomó de la mano y me levanto, me coloco un abrigo de tranquilidad, me revistió de mansedumbre y confianza. Me abrazó fuertemente y me dijo: “Despierta, tú que duermes, Y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo”
Aunque vivía, estaba muerto. Aunque lo anunciaba, me anunciaba a mí.
Gracias mi Señor Jesús, por salvarme, redimirme y luchar por mí a precio de Sangre. Es la Pascua, el paso del Señor. Él ha pasado por mi vida y me ha transformado.
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