miércoles, 16 de octubre de 2013

Adoro te...



El ser humano naturalmente es religioso. Esto lo atestigua la historia, las excavaciones que se han realizado y estudios ya viejos, nos lo muestran así. El hombre al no poder catalogar o explicar los fenómenos naturales, los asocio a seres superiores a él, esto dio origen a que colocara nombre a esas manifestaciones que casi siempre eran naturales. Surgieron así los dioses que regían el vivir de cada comunidad, el dios sol, luna, lluvia, relámpago y pare usted de contar. Aunque muchas de estas, encuentran solución ante la óptica de la ciencia, otras quedan en el laberinto de lo incomprensible  e inexplicable.

Dios forma parte de la naturaleza, o mejor dicho de la creación. Él es el todo, ya que todo lo abarca. Él es el artífice y creador. Todo está impregnado de su presencia en lo bello, bueno y perfecto, sin caer en un panteísmo. Dios como buen padre, que quiere que todos los hombres nos salvemos y lleguemos al conocimiento de la Verdad. Esta verdad es su Hijo amado, Jesucristo.

Es en Cristo que tiene sentido la adoración, la entrega total a tiempo y destiempo por servirle y agradarle. La Iglesia está clara en ello, adora a su fundador Cristo. Ya nos lo dice en la Constitución dogmática Lumen Gentium “Somos una Iglesia Cristocéntrica, es un concepto que se repite varias veces como “Cristo, mediador único”. La Iglesia no pretende cambiar esa realidad, ni mucho menos los que la conformamos.

Ahora bien, la Iglesia le reconoce a María después de Cristo, el lugar más alto y cercano a nosotros, “María es invocada como Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (LG) Más no la adoramos, ya que ella como la luna da de lo que recibe de su amado Hijo, Sol de Justicia. Muy cierto que en ocasiones como Cristianos desvirtuamos y aumentamos la veneración a María que se sobrepasa a la adoración. Es cuestión de formación y educación en nuestra fe, para no ser como los primeros pobladores de nuestras tierras, que por no saber, adoraban cualquier cosa.

P.D. De vuelta a la web. Me abandono a sus oraciones.
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