sábado, 1 de diciembre de 2012

Mi Adviento...




Jesucristo vino al mundo, al mundo material como lo vemos y tocamos; el unió lo espiritual y lo carnal, hizo una sola cosa en él y, para todos nosotros. En esta, su primera venida históricamente no estuve, o mejor dicho este presente de la humanidad no estuvo, pero la que estuvo igual no lo notó. Hoy yo lo noto por lo que he leído y me han contado.
De pronto, hubiera sido uno de los pastores que con becerro en hombro llegó al portal de Belén, o quizá sería como aquel rey, que buscaba asesinarlo por temor a que ese Niño lo quitara de su acomodado lugar de poder. Me hubiera gustado estar junto a los Reyes Magos de Oriente y presentarle tributos al Rey de Reyes, al Mesías, al Hijo de Dios Bendito. A lo mejor me comportaría como el dueño de la posada, y ante la búsqueda de lugar por parte de la Sagrada Familia, los hubiera echado por no tener lugar para ellos.

Sé que el Señor viene a mi vida de una manera espiritual en este Adviento, llega a transformar y renovar, a alentar y socorrer. Ya no es una oveja común la que voy a ofrendar al Rey y Señor; tampoco es el oro, la mirra o el incienso de los Reyes de Oriente. Cristo hecho hombre llega a mi vida de una forma espiritual.
Mi regalo debe ser signo de mi amor por él que está presente en mi prójimo. Ya no es la oveja, son las obras de misericordia. Ya no es el oro, es vivir mi pobreza desprendiéndome para ayudar a otros. Ya no es la mirra, es ver que con mis manos puedo ayudar a muchos. Ya no es el incienso, es mi buena voluntad para con mi hermano, inspirado en el Señor.
Sin embargo en este inicio de Adviento, me abro a la posibilidad de cambio de curso que me ofrece el viento nuevo del Adviento. Que con su fuerza mueva lo pesado de mi pecado hacia la luz de la verdad que es Cristo. Que con su verdor haga florecer las obras para con el prójimo y que con su fuego purifique en mí, la intención de seguir a Cristo, luz verdadera.
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