lunes, 5 de diciembre de 2011

Sed caritas ...


La llegada de Cristo debe suscitar en nosotros la vivencia de la caridad perfecta, de lo contrario de nada serviría usar la palabra conversión en nuestras vidas. Ya que la conversión, como torbellino rabioso y feliz, lo mueve todo, no por sí mismo, sino suscitado por la presencia de Cristo, Mesías y Salvador.
La caridad en sí misma es un bien anhelado y al hablar de que es perfecta, se convierte en plenitud de la presencia de Jesucristo que se “abaja” para mirarnos, sentirnos y entendernos. Esta plenitud solo se puede entender desde el prisma de la fe que se alimenta del amor que es Cristo redentor.
La vivencia de esta caridad perfecta nos lleva entonces a una metanoia no solo de lo externo, sino también de lo ontológico que viene a unir lo que se siente y piensa con lo que se vive y expresa al prójimo.
Nos convertiríamos en “Alter Cristo” no apropiándonos de su nombre y actuar a nuestro arbitrio, sino en el mismo Cristo, siendo yo, que actúa, vive y ama como él, que se “abajo” para enseñarnos a amar, hasta penetrar las entrañas de la tierra t escarbar en lo más profundo de nuestros corazones.
Fruto de esta caridad perfecta son los santos, hombres y mujeres como tú y yo, que se desviven y viven del servicio incondicional al desvalido y necesitado. Es el esposo que es fiel y ama a su familia, es el estudiante que se esfuerza y no se copia, es el seminarista que se sabe que es cristiano y actúa como tal, es el profesor que enseña lo que es la Verdad.
Me abandono a tus oraciones…

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