domingo, 4 de diciembre de 2011

Prope est Dominus

Feliz día del Señor!!!
Me complace compartir con ustedes la preparación de la palabra que hizo Alberto, mi compañero de curso y que al igual que yo, recibió el ministerio del lectorado el pasado 17 de noviembre, espero les sea de ayuda.


Preparación  de la palabra. II Domingo de Adviento.
Alberto Quintero.


Apreciados hermanos, en este segundo domingo de Adviento,  la liturgia de la palabra nos hace una llamada de atención a los creyentes que esta entretejida en expresiones de hondo consuelo, introducidas por el desierto, de donde viene la salvación[1].   El pueblo de Israel reconoció en Juan la voz que clama en el desierto.
En el tiempo de Adviento, también nosotros estamos llamados a escuchar la voz de Dios, que resuena en el desierto del mundo a través de las Sagradas Escrituras, especialmente cuando se predican con la fuerza del Espíritu Santo.
Ahora bien, me llama poderosamente la atención las palabras del apóstol San Pedro que escuchamos en la segunda lectura "Dios tiene mucha paciencia porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan"[2] No quiere el castigo del pecador, sino su arrepentimiento. El Dios de misericordia que no condena, ni reprocha, ni nos hace mala cara, viene en busca de la oveja perdida.
  Mientras prosigue el camino del Adviento, mientras nos preparamos para celebrar el Nacimiento de Cristo, resuena  en  nuestras comunidades esta exhortación de Juan Bautista a la conversión. Es una invitación apremiante a abrir el corazón y acoger al Hijo de Dios que viene a nosotros para manifestar  el encuentro de Dios y los hombres.[3]
Es curioso que dos evangelistas, San Marcos y San Juan, junto con el autor del Génesis, coincidan en iniciar sus textos inspirados, por la palabra principio. Marcos comienza: "Principio del evangelio de Jesucristo" (1,1); Juan: "En el principio existía el Verbo" (1,1); y el Génesis en su inicio: "Al principio creó Dios el cielo y la tierra" (1,1). Todo indica, pues, que está naciendo, principiando un mundo nuevo para el que hay que prepararse.
La unidad literaria de San Marcos, al que pertenece el texto evangélico del segundo domingo de Adviento es una breve introducción al anuncio de la Buena Noticia de Dios. La Buena Noticia viene preparada por la actividad de Juan Bautista (Mc 1,2-8).
 
En los años 70, época en la que Marcos escribe su evangelio, las comunidades vivían una situación difícil. Desde fuera eran perseguidas, por el Imperio Romano. Desde dentro, se vivían entre dudas y tensiones. Algunos grupos afirmaban que Juan Bautista era igual que Jesús[4]. Otros querían saber cómo debían comenzar el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. En estos pocos versículos, Marcos comienza a responder, narrando cómo se inició la Buena Noticia de Dios que Jesús nos anuncia y cuál es el puesto que Juan Bautista ocupa en el proyecto de Dios
Mediante el Evangelio, Juan Bautista sigue hablando a lo largo de los siglos a todas las generaciones. Sus palabras claras y duras resultan muy saludables para nosotros, seminaristas de nuestro tiempo, en el que, por desgracia, también el modo de vivir y percibir la Navidad muy a menudo sufre las consecuencias de una mentalidad materialista. La "voz" del gran profeta nos pide que preparemos el camino del Señor que viene, en los desiertos de hoy, desiertos exteriores e interiores, sedientos del agua viva que es Cristo.
Todo, en la liturgia de la palabra que estamos meditando, nos habla de preparación. De preparación nuestra para un acontecimiento único, grandioso y de absoluta trascendencia para los hombres. Sin exagerar, podemos decir que se trata de la preparación más importante en que cabe pensar. Estamos implicados, en cuanto hombres y de un modo más expreso en cuanto cristianos, en el acontecimiento de la venida de Dios a la humanidad. Que no es algo que puede interesarnos o no; que nos puede parecer más o menos valioso, según las circunstancias de cada uno; que, en definitiva, reclama en alguna medida nuestra atención y nuestro empeño. No, el acontecimiento de la Encarnación es el único que puede, dependiendo de la actitud personal y libre ante él consumar nuestra vida en la única plenitud que le es debida por voluntad de Dios, nuestro Creador.
Todos a través del Sacramento del Bautismo  somos profetas, llamados a preparar el camino al Señor en nuestro propio corazón, aterido tantas veces por la falta de fe, la dureza con el prójimo, la mediocridad de aspiraciones o el aburrimiento espiritual. Aun así el Maestro nos llama para preparar el camino, enderezando el sendero, como lo describe el profeta  Isaías, sobre todo en el en nuestra  sociedad donde reina la incredulidad, el olvido de Dios, en la cultura de la muerte actual que ataca a nuestra humanidad.
Consecuentemente, ser profeta no es fácil, nunca lo ha sido. El profeta también se encuentra traspasado por la Palabra, pero es consciente de ello. Sabe que las frases de Dios necesitan tiempo para ser escuchadas. Los verdaderos profetas no se desesperan ni se amargan, de ahí que su mensaje esté lleno de vida y esperanza más que de dolor y tristeza. El profeta no hiere con sus interrogantes sin respuestas sino que sana de muchas dolencias a los que rodea con su humildad y sus certezas.
Por tanto queridos hermanos  faltan puentes y yacimientos de bien, esperanzas sinceras, en ese mundo, que es el nuestro, para introducir en sus recintos la luz y la esperanza de la próxima venida del Señor. Por la cual, ¿cómo va a proclamarse este mensaje, si no existen mensajeros? Es por lo cual que se exige de nosotros una preparación autentica e integra en la formación Sacerdotal. Para poder dar repuesta de nuestra esperanza en el Mesías.
Como vemos, la liturgia del II domingo de adviento nos invita a meditar sobre la  esperanza, a creer que en medio de las dificultades, de las persecuciones, de las realidades más duras de la vida; es posible un futuro mejor, porque el Señor es fiel a quienes asumen los valores de la verdad, de la justicia, de la fraternidad. Todas estas esperanzas que nos invitan las lecturas, como cristianos, las leemos en Jesús, sobre todo en este tiempo de espera alegre de la Navidad, espera de un nuevo mundo. Que nuestra esperanza sepa dar testimonio ante el mundo de que un futuro mejor, en medio de las difíciles condiciones de nuestra realidad, es posible.
Aprovechemos a la luz de estas lecturas para meditar en nuestras vidas: 
·         ¿Qué situaciones de desierto existen en tu vida?
·         ¿Por qué crees que cuesta tanto el proceso de conversión interior?
·         ¿Cuáles son tus actuales mayores obstáculos para que Cristo nazca en tu corazón?
·         ¿Qué lugar ocupa la esperanza en tu vida?

Que la Virgen María nos guíe a una auténtica conversión del corazón, a fin de que podamos realizar las opciones necesarias para sintonizar nuestra mentalidad con el Evangelio.


[1] Pbro. Luidi de Jesús Zambrano. Homilías: #1. Ciclo Litúrgico B.
[2] 2 Pedro 3,8.
[3] Cfr. Benedicto XVI, II Domingo de Adviento, 9 de diciembre de 2007
[4] Hch 18,26; 19,3
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