domingo, 20 de noviembre de 2011

Reine Jesús por siempre...


Saludos a todos, sigo con el asombro y gratitud a Dios por el paso que he dado. Siento que Dios me ama, que soy nada comparado con la magnificencia de su amor y presencia en este mundo. Pero que aun así, me llama, me limpia constantemente y me invita a ser su testigo. Gracias Señor.  Que tu palabra sea lámpara para mis pasos.
Hoy la liturgia nos presenta a Cristo como Rey del Universo. Monseñor Juan Esquerda Bifet, nos presenta una explicación muy interesante en su Diccionario de la Evangelización, editado por la BAC, Madrid, 1998. Leamos:
A Jesús sus discípulos le reconocieron como "rey de Israel" (Jn. 1,49) y las muchedumbres le aclamaron como rey (Mt. 21,5; Lc. 19,38; Jn. 12,13), pero él, sin rechazar el título, no se dejó llevar del entusiasmo del momento. Incluso, después de la multiplicación de los panes, escapó de la muchedumbre (tal vez un grupo de zelotes) porque le querían hacer rey (cfr. Jn. 6,15). Su entrada triunfal en Jerusalén, montado humildemente sobre un pollino, indica el cumplimiento de la profecía de Zacarías (Za. 9,9; Mt. 21,5).

La fiesta de Cristo Rey (Instituida por Pío XI en 1925) se celebra el último domingo del año litúrgico, como indicando su centralidad en la creación y en la historia, como "alfa y omega" (Ap. 1,12-13), siempre hacia el encuentro y glorificación definitiva de toda la humanidad, en la dinámica de "recapitular todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra" (Ef. 1,10).

Su reino tiene un sentido más profundo. El anuncia un reino que ya está en medio de ellos (Mr. 1,15), que está caracterizado por unos nuevos valores (Mt 5), que será plena realidad al final de los tiempos (en su venida definitiva, la "parusía"). En su reino del más allá quiere que participen sus discípulos (Lc. 22,29-30; Jn. 14,3-4).

El mismo, ante Pilato, ratificará este título ("tú dices que yo soy rey"), precisando que su reino "no es de este mundo" (Jn. 18,35). El buen ladrón se encomienda a Jesús para que le introduzca en su reino (Lc. 23,42). La misma cruz de Jesús es ya inicio de su glorificación, cuando "atraerá todo" hacia él (cfr. Jn. 12,32). Su "humillación" en la cruz se convierte en "exaltación" y en objeto de alabanza por parte de todos (cfr. Flp. 2,7-11).

Por ser el "Mesías", Jesús es "ungido" como Sacerdote, Profeta y Rey. En Cristo Rey, Dios ha elegido a toda la humanidad para "arrancarnos del dominio de las tinieblas y trasladarnos al reino de su Hijo amado, de quien nos viene la liberación y el perdón de los pecados" (Col. 1,13-14). Al final de los tiempos, en su venida definitiva y gloriosa, Jesús aparecerá como "el Señor de los señores" (Ap. 17,14). Entonces "entregará el reino a Dios Padre" (1Co. 15,24), haciendo partícipes de este reino a cuantos hayan creído en él y le hayan anunciado a los hermanos (cfr. Lc. 22,29-30; Hch 1,6-8).

Es a partir de su glorificación (resurrección y ascensión) que Jesús se muestra como rey del universo (Ef. 1,20-23; Col. 1,18), anunciando su triunfo definitivo al final de los tiempos. No ha venido para construir reinos de poder, sino una familia de hermanos, que anticipen "los nuevos cielos y la nueva tierra donde reinará la justicia" y el amor (2P. 3,13).

Cristo es "el Señor" (1Co. 12,3), la "Cabeza" de su Cuerpo que es su Iglesia, su "complemento" (Ef. 1,23), "Señor del universo y de la historia" (TMA 6). "El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones" (GS 45).

Cristo revela el sentido de la vida humana, de la humanidad entera y del cosmos, todo orientado hacia la verdad, el bien, la belleza en un existir indefectible, que sólo será posible después de la glorificación total, en el más allá. "El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (GS 22). Cristo es Rey universal; su reino es de "verdad y vida, santidad y gracia, justicia, amor y paz" (Prefacio de la fiesta).

Un saludo fraterno, me abandono a sus oraciones.
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