martes, 5 de abril de 2011

No nos dejes caer en la Tentación (Lc 11,4)

Ésta es una de las peticiones que rezamos en el Padre Nuestro, oración que nos enseñó el mismo Jesús y que, no es para menos, es reconocida como la más perfecta de las oraciones. Él, que nos pide que oremos “sin desfallecer” (Lc 18,1), nos dejó esta oración cuando sus discípulos le pidieron: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). Y Él, maestro de la oración, es también de quién narra el Evangelio que venció la tentación. (Cfr Mt 4)

¿Qué podemos decir de la tentación? ¿Por qué sucumbimos tan fácilmente a los embates del enemigo? Ciertamente el engañador quiere nuestra perdición, él es un ángel caído, y por ser ángel, más inteligente que nosotros. Pero no nos puede dañar sin nuestro consentimiento, por eso nos pone trampas, para que ofendamos a Dios, alejándonos de Él y finalmente nos perdamos. Tal vez la traducción “no nos dejes caer en la tentación” no es la más exacta[1], pero sí es muy gráfica cuando vemos la tentación como una trampa.

De seguro todos hemos colocado una trampa en algún momento de nuestra vida, una ratonera tal vez. Yo he visto varios tipos y tamaños de éstas, pero lo más importante, lo que no puede faltar es… ¡el queso!, una porción generosa, atractiva, olorosa. “Bueno para comer, apetecible a la vista” (Gn 3,6). ¿Y quién ha dicho que la comida es mala? Y con hambre menos. ¿Pero estamos tan hambrientos como para no ver cuál es el precio que tenemos que pagar? Esto, en el caso del hambre, pero puede ser cualquier otra necesidad y el enemigo tiene un “queso” específico y supuestamente irresistible para tú necesidad.

Jesús realmente debía tener hambre después de 40 días en el desierto, el tentador se acercó y le dijo “si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes” (Mt 4,3), claro que Jesús es hijo de Dios y satanás lo sabe muy bien, por tanto no es necesario que lo demuestre con éste signo o cualquier otro, pero estando la necesidad presente no pierde tiempo en desafiarlo a que haga gala de su Gloria, complaciéndolo a él y no al Padre.

También a nosotros, jóvenes solteros y casados, nos reta: si eres realmente un hombre... haz esto o haz aquello. Y nos puede sumergir así en una vida de pecado, adulterio, fornicación, robos o mentiras. A todos nos invita: si no es justo que otro reciba más que tú…, si tú oras más que ella, por qué no…, si tú te esforzaste más, entonces… Si él es más nuevo que tú, como permites que… Para todos hay, pero no tenemos que demostrarle nada.

Entre más deseemos agradar a Dios, tanto más refinada será la carnada, mejor elaborada y disimulada la trampa. Por eso debemos permanecer orando siempre a Dios, y muy conscientes de lo que le pedimos cuando decimos “no nos dejes caer en la tentación”. A propósito el artículo determinado “la”, que muchas veces pasamos por alto, es muy significativo ya que pedimos la ayuda divina en determinada tentación, la nuestra, que es muy diferente a la del otro.

Que el Señor nos conceda en todo momento su Don, el Espíritu Santo, para discernir frente a las ofertas que se nos presentan en la vida y así poder escoger aquellas que no ofenden a Dios ni esconden un trasfondo mortal, para que al final de nuestros días podamos exclamar llenos de júbilo: “Hemos salvado la vida, como un pájaro, de la trampa del cazador” (Sal 123, 7).

Por sem. Horacio Martínez.


[1] El Catecismo de la Iglesia Católica sugiere: No nos dejes entrar en o no nos dejes sucumbir a la tentación.

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