lunes, 21 de febrero de 2011

Somos trigo, somos cizaña...

El agricultor se ha esmerado preparando la tierra. Encontró un campo reseco y árido, luego de varios días de laborioso trabajo, logró suavizar la superficie reseca y ahora está perfectamente húmeda y lista para gestar en sus entrañas la semilla.

Pone el trigo en el vientre de la tierra, una pequeña semilla que alimenta tanto. La cuida, regándola y con júbilo celebra el surgimiento de los primeros brotes, junto a estos surgen otros brotes que a simple vista son muy semejantes y parecidos a los que sembró el agricultor.

En tamaño, crecimiento y forma son muy semejantes, pero los frutos le delatan, el trigo ofrece una espiga dorada a la luz del amado sol, mientras que la otra planta se queda sin ofrecer nada viviendo camuflajeada a las sombras del trigo.

¿Arrancarla? ¿Cortarla? ¿Eliminarla? Tarea difícil y delicada. Al nacer muy junto a la semilla del trigo es casi seguro que al arrancar una, se arranque a la otra; sus raíces están entrelazadas, se alimentan juntas y crecen juntas. Solo en el momento de la ciega, de la recolección, cuando el agricultor considera que el trigo está lo suficientemente dorado, es que se puede arrancar y separar a una de la otra.

El trigo alimentara, nutrirá y hecho pan será el cuerpo de Cristo; en cambio, la otra planta pasara al fuego, no dio frutos, vivió de las apariencias haciendo creer y creyendo que daba algo. Ya esto nos lo conto nuestro Señor Jesucristo (Cf. Mt 13, 25ss), hace más de dos mil años, pero, ¡como sigue teniendo vigencia!, ¡como nos sigue interpelando!

De pronto seamos el trigo que se alimenta con la palabra del Señor y a su vez podamos alimentar a otros. O de pronto seamos el trigo molido que lo deja todo por entregarse al servicio de los demás.

Pobre de nosotros si nos parecemos tan solo un poco a la otra planta, la que vive aparentando, sin dar frutos, solo ocupando un espacio y siendo una carga. Que no seamos “cizaña”

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