sábado, 22 de enero de 2011

No es la muerte, es la vida...

Hace casi una semana que no nos leemos. Este fin de semestre me trae con los pelos de punta; ya por lo menos solo me resta por presentar dos evaluaciones (orales) con Historia de la Iglesia Antigua y Teología Fundamental espero salir bien en ambas evaluaciones.

Desde la muerte del Padre Nolberto he estado reflexionando sobre si en verdad nos preparamos para el encuentro definitivo con Papá Dios, si de verdad construimos desde este valle de lágrimas nuestra morada celestial. La muerte por dura y chocante que sea a nuestra realidad la veo como el Ángel más hermoso y atento que nos lleva al encuentro con Nuestro Señor. Siempre llega en diferentes contextos, diferentes realidades pero el fin es el mismo: Encontrarnos con Jesucristo cara a cara. Me esfuerzo por estar dispuesto y con un corazón repleto de buenas obras para con mi prójimo que agraden a mi Señor y dador de la verdadera Paz. Claro tampoco es que voy a amar por puro interés, es un binomio acción=retribución en donde la acción va envuelta de una delgada capa llamada “sin esperar nada a cambio” de lo contrario la retribución de Dios no sería efectiva.

En la historia naciente de nuestra comunidad Cristiana, morir por Cristo era lo mejor que le pudiera suceder a algún cristiano. De hecho anhelaban los primeros cristianos padecer los mismos sufrimientos de Cristo por nuestra redención, lo podemos constatar en las actas de los mártires, ayer recordábamos a la pequeña mártir Santa Inés quien ante la maldad de la persecución contra los cristianos fue valiente y abrazo la muerte martirial como si Cristo mismo la recibiera.

También recordemos a San Ignacio de Antioquia que ante la atroz muerte que le esperaba exclamo en una hermosa carta dirigía a los romanos: Soy trigo de Dios y he de ser molido como lo fue mi maestro, el siervo no es más que su Señor, beberé del cáliz para brindar sombra nueva. San Ignacio fue devorado por los leones.

En un fragmento del acta de martirio de los Santos de mártires de Lyon en el 177 d. C. leemos: “De nuevo debieron padecer los mismos suplicios; las varas, los mordiscos de las fieras que los arrastraban por la arena y todo lo que el vulgo furioso pedía a gritos. Al fin las parrillas al rojo, sobre las cuales se asaban las carnes de los mártires, despidiendo olor intolerable, que se extendía por todo el anfiteatro. Ni esto bastó para calmar aquellos instintos sanguinarios, muy al contrario, aumentó su furor con el deseo de vencer la constancia de los mártires… Aquel día ellos dieron el espectáculo al mundo en lugar de los variados juegos de los gladiadores.

Faltaría espacio para seguir relatando la historia de estos mártires que andaban alegres, reflejándose en sus caras una cierta majestad y nobleza, de modo que las cadenas, los azotes, quemaduras para ellos eran un adorno, que aumentaba su hermosura, como la de una desposada vestida de su traje de boda.

Amado Señor, enséñame a amarte de tal manera que entregue mi vida por ti.

Hoy sábado bloguero en unión con María nuestra buena Madre, oro por la unidad de los cristianos y por supuesto por nosotros los blogueros católicos. Recuerden, me abandono a sus oraciones.

¡Oh Reina de los mártires, que con constancia tan heroica y divina soportaste aquellos prolongados y atroces dolores que en la muerte de tu Hijo, la naturaleza y la gracia, los pecadores y Dios acumularon sobre tu amoroso corazón de Madre, alcánzanos fortaleza para aceptar la voluntad divina y bendecir al Señor que con misericordia nos visita en el dolor, y que con él nos purifica y quiere hacernos dignos del gozo eterno!

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