miércoles, 11 de agosto de 2010

Continuamos con la novela... La lluvia II parte

-Hola Juanjo, ¿qué tal todo? Preguntó Reinaldo.

-Todo bien Reinaldo, aun con sueño, peroooo ¡hoy es viernes! mañana me desquito durmiendo mucho- respondió Juanjo con una sonrisa que lo despertaba.

La lluvia ya estaba cesando y los rallos del sol matinal arañaban las nubes descurtidas. El auto cruzo a la derecha y tomando la avenida principal que conecta a la interestatal avanzó rápidamente. Llegando al final de la interestatal y antes de cruzar a la avenida 33 una enorme cola los recibió.

-Al parecer un auto choco contra uno de los pilares del distribuidor, menciono Juanjo que se había asomado sacando la cabeza por la ventana del auto.

–Espero que no les haya pasado nada, respondió Reinaldo que movía la cabeza de un lado al otro tratando de lograr divisar algo más de lo que sucedía adelante, sólo a Shumager se le ocurriría ir a toda velocidad en una carretera mojada por la lluvia.

Finalmente lograron cruzar a la avenida 33 y luego de unas cuantas cuadras llegaron a Publisis, el lugar donde ambos trabajaban. Eran las 7:25 cuando ambos amigos se bajaron del auto, saludaron al señor Jorge que era el vigilante, Reinaldo avanzo y Juanjo se quedo un rato hablando con el vigilante.

Hojeando el periódico “El vespertino” dice Juanjo: -Fuerte aguacero señor Jorge, ¡no me di cuenta a la hora que comenzó!

-Serian como las cinco y cuarto de la mañana cuando comenzó a soplar fuertemente, afortunadamente salí temprano de casa hoy, de lo contrario aun estuviera tratando de llegar. Le contestó el vigilante.

Devolviéndole el periódico al vigilante, dice Juanjo:

-Sí, es verdad que se hace muy difícil llegar a tiempo cuando llueve. Sabe, de camino para acá vimos un accidente en el distribuidor, creo que iban muy rápido y el chofer perdió el control al tratar de frenar para cruzar y choco con uno de los pilares del distribuidor, espero no haya muerto nadie.

Guardando el periódico en un archivo le contesta el vigilante:

-con razón he escuchado unas ambulancias ahora temprano. Seguramente alguien se la quiso dar de listo, ojala y no les pase nada.

Juanjo se despidió del vigilante y por fin entró a las oficinas de la empresa. Un edificio naranja con verde de tres pisos y un extenso galpón conformaban lo que era Publisis, una de las tantas agencias de publicidad que exista en la ciudad. El día transcurrió entre órdenes de compras, llamadas a proveedores y fax con diferentes presupuestos.

-Tremendo el día de hoy, dijo Juanjo acompañado de un largo bostezo y estiramiento de brazos.

Un señor pelón, de cara larga y corbata le contestó autistamente mirando la computadora:

-apenas comienza lo bueno Juanjo, es la segunda quincena de noviembre y ya comienzan a llegar los pedidos de agendas, almanaques y todas las demás cosas que se acostumbra a regalar en navidad. ¡Hay mucho trabajo aquí!

-ahhh señor Carlos, -dice Juanjo- ¿qué sería de nosotros sin esos pequeños detalles en navidad? Comienza un tiempo bonito, de compartir. Sumado que la gente compra mucho y eso es bueno para nosotros, ya que si la gente no pide eso, nosotros no trabajamos y no nos pagan, entonces estaríamos ladrando es decir sin dinero.

-tienes razón y no he de quitártela, le respondió aun autistamente el señor Carlos, pero creo que, nos desgastamos en buscar cosas que creemos que nos hacen felices, pero a la final no, solo nos hemos desgastado en nada. Piensa Juanjo, ¿qué hace feliz al hombre?

El teléfono del escritorio de Juanjo comenzó a sonar pero el hizo caso omiso al sonido. Dijo con un zumbadito musical: Señooor Caaarlos es queee la felicidad se alcanza disfrutaaando de la vida, salieeendo, compartieeendo, ir de fieeestas, bailaaar, bebidas y sobre todo muuuchas chicas.

Volteando la mirada a Juanjo el señor Carlos dice mirando sobre sus lentes: ¡Deja de decir tonterías, toma concejos para que llegues a viejo! Cuando puedas contestas el teléfono.

Juanjo riendo contesto el teléfono entre risas: ¡Siii buenas tardes, departamento de compras!

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