domingo, 18 de abril de 2010

Testigo, testimonio, mi vida...


Mi testimonio vocacional
No es sencillo hablar de lo vivido en mi proceso vocacional, son muchas experiencias que siendo personales en ocasiones escapan a la lógica que nos ofrece el mundo, pero que para Dios es fáctico, es posible. Parafraseando el versículo del evangelista San Marcos (1,20) diría que el Señor me llamó y dejándolo todo le he seguido, o por lo menos eso he tratado en este tiempo de discernimiento vocacional. El hecho de haber entrado al seminario no asegura nada que valla a ser sacerdote (ojo ese es mi anhelo), de hecho estoy allí para purificar mi intención, para que esta decisión de seguir al Señor sea diáfana y pura, que esté impregnada de una recta intención, para así radicalizar mi seguimiento a aquel que me ha llamado al sacerdocio ministerial.
Conocí al Señor en el seno de mi familia que a pesar de no ser participante activa de la vida y fe eclesial, vive una diluida religiosidad popular pueblerina. Escuché de boca de mi madre las palabras con las que luego elevaba mi oración al Señor, las palabras que me enseñaron el Santo Temor de Dios y me inculcaron hacer el amor al prójimo. La primera comunión me acerco más al Señor y al servicio en la parroquia, bueno en una de las filiares de mi parroquia Ntra. Sra. de Coromoto.
A la edad de 13 años entro a formar parte del grupo de catequistas de la capilla filial, ayudado e impulsado por las hermanas Religiosas de la Comunicación Social (también conocidas como las de la Buena Prensa) el aprendizaje fue lento y progresivo yo era un adolescente algo introvertido. A medida que pasaba el tiempo el compromiso iba creciendo igual que el conocimiento del Señor; a las hermanas todos los años les llegaba una beca de los Misioneros Trinitarios que estaban o están en Costa Rica, ellas me hacían la invitación y por supuesto la respuesta era NO, pensaba que podía casarme y trabajar para la Iglesia. Ya era mayor de edad, técnico medio en contabilidad y gracias a la Iglesia (a las hermanas) encontré mi primer y único trabajo que mantuve por más de diez años.
Ahora trabajaba, mantenía mi familia; estudiaba, de noche mercadotecnia y publicidad, y coordinaba la catequesis en la capilla. El compromiso cada vez se intensificaba, las ganas por trabajar para el Señor aumentaban, dificultades y alegrías como cualquier joven para ese entonces. A esas alturas de mi vida no me había pasado por la mente el ser sacerdote, nunca escuche alguna voz que me invitaba a seguirle. Misiones iban y venían, campamentos llegaban y se iban, experiencias que se acumulaban y se hacían vida, pero nada de dejarlo todo por el Señor.
En la catequesis se nos ocurrió hacer una actividad con los niños y niñas, la llamamos “Expo-liturgia” para lo cual debíamos aprender y profundizar antes de enseñarle a los niños, por ello hicimos un curso de liturgia, y diría que fue allí donde el Señor se fio de mi (1Tm. 1,12), fue allí donde conocí el significado de cada gesto, palabra y acción de la Misa, eso comenzó a gustarme. Desde entonces me apasione por la liturgia y me lance al servicio en el altar y verdaderamente allí en el altar ese enamoramiento que ya tenia por el Señor, se intensificó, se hizo más evidente y más problemático.
Ya no eran solo las hermanas con sus becas de misioneros Trinitarios, ahora también los párrocos que estaban de turno me hacían ver lo que yo ya comenzaba a descubrir. Esta opción de seguir al Señor la comencé a manejar y a ver posible. Había mucho que dejar pero demasiado que ganar. Yo me esforzaba por una enorme felicidad caduca depositada cada semana y el Señor me ofrecía una felicidad y riqueza que no se apolilla ni se echa a perder y no hay ladrones que entren a robarla (Mt. 6,20). Los signos eran muy evidentes, aunque no escuchaba al Señor, pero sentía que debía seguirle dejando la seguridad de un empleo, planes y quizás cuantas cosas mas que ya no recuerdo.
Decidí entrar al Seminario y dejándolo todo le he seguido (Mt.1,20), he comenzado la carrera en busca de la meta y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama desde lo alto a todos (Flp 3:14). Animo hermano, hermana, si sientes el llamado del Señor a servirle desde cualquier lugar dentro de la Iglesia respóndele, no esperes tanto. Si no sientes nada, tranquilo, no desanimes, yo tarde 28 años.
Sem. Silverio Osorio
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