jueves, 25 de marzo de 2010

Ella, la humilde abeja...


La Bienaventurada Virgen María, concibe al Hijo de Dios sin corrupción porque el Espíritu Santo se posa sobre ella y el Altísimo la cubre. Ella fue la abeja, pequeña por su humildad, entera por la contemplación de la gloria celeste sin principio ni fin, densa por la caridad. Ella, que durante nueve meses lleva la Caridad misma en su seno, no podía carecer de caridad, unida a la pobreza, y más pura que todos por su virginidad.

Esta laboriosa abeja prepara con humildad la casa, es decir su alma, y en su virginidad el cuerpo que debía habitar el rey de los ángeles. Así como la abeja comienza su labor por arriba, de la misma manera la Virgen, no comienza por debajo de cara a los hombres, sino por lo alto, en presencia de la majestad divina, y poco a poco, con orden y discreción comienza a bajar para devenir admirable, ella que había sido ya escogida por el Señor.
San Antonio de Padua
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