domingo, 31 de enero de 2010

Un sueño de Don Bosco Santo... Felíz día...


Un día de 1847, yo había meditado mucho sobre cómo hacer el bien, especialmente a los jóvenes, cuando se me apareció la Reina del Cielo y me condujo a un jardín maravilloso. Me vi en una galería muy hermosa y rústica, construida en forma de corredor. Unas plantas trepadoras llenas de flores adornaban los pilares. La galería terminaba sobre una pérgola cubierta de rosales en plena floración. El suelo también estaba cubierto de rosas. La Bienaventurada Virgen María me dijo: "Quítate los zapatos. Este es el camino que debes recorrer."

Me sentí contento, pues me hubiese molestado marchar calzado sobre las rosas. Cuando comencé a caminar me percaté que las rosas escondían muchas espinas. Me sentí obligado a detenerme y enseguida me marché. Aquí se necesitan los zapatos, le dije a mi guía. Es cierto, me respondió, se necesitan buenos zapatos. Me calcé y me puse en marcha con otros compañeros que en ese momento habían llegado y me pidieron caminar conmigo.

Yo veía rosas por todos lados. Me había hincado no sólo las manos, todo el cuerpo me sangraba. Sin embargo animado por la Santa Virgen pude continuar mi camino. Los otros, que eran muchos, viéndome marchar sobre la pérgola decían: Qué manera la de don Bosco de caminar sobre las rosas, avanza tranquilamente, sin ningún problema. » Ellos no veían las espinas que me taladraban el cuerpo.

Muchos de los jóvenes abades, sacerdotes y seglares, que yo había invitado, me seguían alegres, atraído por la belleza de las rosas, pero cuando se percataron que precisaban marchar sobre las espinas comenzaron a gritar y se decían: « Hemos sido engañados.» Muchos se regresaron. Yo también lo hice para pedirles que volvieran, pero fue en vano. Entonces comencé a llorar y me preguntaba: « Será posible que me toque hacer sólo este penoso camino?

Pero pronto fui consolado. Se acercaba una multitud de sacerdotes, de seglares, de abades que me dijeron: « Aquí estamos dispuestos a seguirte.» Y poniéndome a la cabeza continuamos el camino. Unos pocos se desanimaron y se detuvieron pero una gran cantidad llegaron conmigo hasta el final.

Tras haber recorrido toda la pérgola, me vi en otro jardín muy agradable, rodeado de aquellos pocos que me habían seguido, muy delgados, agobiados, cubiertos de sangre. Entonces, se levantó una brisa fresca y gracias a ella todos nos sentimos restablecidos. Sopló otro viento y como por encanto me vi rodeado de una cantidad numerosa de jóvenes, abades, seglares y sacerdotes que se pusieron a trabajar conmigo y guiaban a los jóvenes.

Entonces, la Santa Virgen me preguntó: - Comprendes el sentido de lo que has visto hoy y de lo que habías visto antes? No, le respondí. -«Debes saber que el camino que has recorrido entre las rosas y las espinas significa el cuidado que deberás tener con la juventud, debes marchar con los zapatos de la mortificación puestos. Las espinas significan los obstáculos, los sufrimientos, las penas que se te presentarán. Pero no pierdas el entusiasmo. Con la caridad y la mortificación, superarás las dificultades y llegarás a marchar sobre rosas sin espinas. »

En cuanto la Madre de Dios hizo silencio, yo volví en mí, a la habitación donde dormía.

Don Bosco
Relato hecho en 1864. (Contado por don Lemoyne, publicado en 1903)

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