lunes, 2 de mayo de 2016

Colaborador de la Verdad. Testimonio Vocacional.



Mi testimonio vocacional
No es sencillo hablar de lo vivido en mi proceso vocacional, son muchas experiencias que siendo personales en ocasiones escapan a la lógica que nos ofrece el mundo, pero que para Dios es fáctico, es posible. Parafraseando el versículo del evangelista San Marcos (1,20) diría que el Señor me llamó y dejándolo todo le he seguido, o por lo menos eso traté en mi tiempo de discernimiento vocacional en el Seminario. El hecho de haber entrado al seminario no aseguraba para nada que vaya a ser sacerdote, allí se está para purificar la intención, para que esta decisión de seguir al Señor sea diáfana y pura, que esté impregnada de una recta intención, para así radicalizar el seguimiento a aquel que me ha llamado al sacerdocio ministerial.
Conocí al Señor en el seno de mi familia que a pesar de no ser participante activa de la vida y fe eclesial, vive una diluida religiosidad popular pueblerina. Escuché de boca de mi madre las palabras con las que luego elevaba mi oración al Señor, las palabras que me enseñaron el Santo Temor de Dios y me inculcaron el amor al prójimo. La primera comunión me acerco más al Señor y al servicio en la parroquia, bueno en una de las filiares de mi parroquia, llamada Nuestra Señora de Coromoto.
A la edad de 13 años entro a formar parte del grupo de catequistas de la capilla filial, ayudado e impulsado por las hermanas Religiosas de la Comunicación Social (también conocidas como las de la Buena Prensa) el aprendizaje fue lento y progresivo yo era un adolescente algo introvertido. A medida que pasaba el tiempo el compromiso iba creciendo igual que el conocimiento del Señor; a las hermanas todos los años les llegaba una beca de los Misioneros Trinitarios que estaban o están en Costa Rica, ellas me hacían la invitación y por supuesto la respuesta era NO, tenia novia, pensaba en el matrimonio a largo plazo y trabajar luego desde la familia para la Iglesia.
El tiempo pasó, ya era mayor, técnico medio en contabilidad y gracias a la Iglesia (a las hermanas) encontré mi primer y único trabajo que mantuve por más de diez años. Ahora trabajaba, mantenía mi familia; estudiaba de noche mercadotecnia y publicidad (eso implicaba fiestas y fiestas) y coordinaba la catequesis en la capilla. El compromiso cada vez se intensificaba, las ganas por trabajar para el Señor aumentaban, dificultades y alegrías como cualquier joven para ese entonces.
A esas alturas de mi vida no me había pasado por la mente el ser sacerdote, nunca escuche alguna voz que me invitaba a seguir al Señor, pero si me esforzaba en no faltar a la misa Dominical. Misiones iban y venían, campamentos llegaban y se iban, experiencias que se acumulaban y se hacían vida, pero nada de dejarlo todo por el Señor, nada.
En la catequesis se nos ocurrió hacer una actividad con los niños, la llamamos “Expo-liturgia” para lo cual debíamos aprender y profundizar antes de enseñarle a los niños, por ello hicimos un curso de liturgia, investigamos, preguntamos, leímos, nos preparamos muy bien, y diría que fue allí donde el Señor se fio de mi (1Tm. 1,12), fue allí donde conocí el significado de cada gesto, palabra y acción de la Misa, eso comenzó a gustarme. Desde entonces me apasione por la liturgia y me lance al servicio en el altar y verdaderamente allí en el altar ese enamoramiento que ya tenía por el Señor, se intensificó, se hizo más evidente y más problemático.
Ya no eran solo las hermanas con sus becas de misioneros Trinitarios, ahora también los párrocos que estaban de turno me hacían ver lo que yo ya comenzaba a descubrir. Esta opción de seguir al Señor la comencé a manejar y a ver posible. Había mucho que dejar pero demasiado que ganar. Yo me esforzaba por una enorme felicidad caduca depositada cada semana y el Señor me ofrecía una felicidad y riqueza que no se apolilla ni se echa a perder y no hay ladrones que entren a robarla (Mt. 6,20).
Los signos eran muy evidentes, aunque no escuchaba al Señor, pero sentía que debía seguirle dejando la seguridad de un empleo, planes y quizás cuantas cosas más que ya no recuerdo. La decisión entrar al Seminario no fue fácil, primero, renunciar al empleo que te vio crecer, que te enseñó, el que te daba dinero para las fiestas, para la familia, para el auto, el que te pagó la carrera de Mercadeo y Publicidad. Segundo, contarle a la familia, eso fue todo un parto, mamá pidiendo nietos, papá siguió leyendo la prensa, mis hermanos riéndose, los amigos asombrados. 
Pero a pesar de todo, dejándolo todo le he seguido (Mt.1,20), comencé la carrera en busca de la meta y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama desde lo alto a todos (Flp 3:14). Hoy en día soy Sacerdote, la visión familiar cambio y creció, los amigos aumentaron, los del empleo siempre me llaman y ayudan.
Soy Colaborador de la Verdad, esta Verdad es Cristo, mi Señor que se digno llamarme para su servicio.
Animo hermano, hermana, si sientes el llamado del Señor a servirle desde cualquier lugar dentro de la Iglesia respóndele, no esperes tanto. Si no sientes nada, tranquilo, no desanimes, yo tarde 28 años.


Att. Pbro. Silverio Osorio.

sábado, 5 de septiembre de 2015

La Homilía del Domingo: Y se maravillaban sobremanera y decían "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos".

La Homilía
Pbro. Silverio Osorio
Is 35, 4-7. Sal 145. St 2, 1-5. Mc 7, 31-37
Y se maravillaban sobremanera y decían "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos".
 
El Señor no se cansa de demostrarnos su amor y misericordia para con nosotros, los redimidos por su pasión gloriosa y salvadora. En este Domingo, Día del Señor, donde nos gloriamos de su resurrección para y por nosotros, la alabamos y damos gracias. La liturgia de la Palabra que nos presenta la Iglesia en este día nos permite unirnos al comentario “maravillado sobremanera” del pueblo que le rodea y que hemos escuchado en el evangelio diciendo “Todo lo ha hecho bien”, veamos por qué.
Hemos leído un fragmento del capítulo 35 del libro del profeta Isaías, y si hacemos una lectura previa capítulos 33 y 34, entenderemos que al pueblo sufrido que vuelve a Sión después de la esclavitud en Babilonia. Muchos se encuentran física y espiritualmente disminuidos. Hay ciegos, sordos y cojos. Algunos tal vez sean soldados heridos a causa de las continuas guerras. El mensaje de esperanza les viene directamente de Dios que se dirige al corazón de cada uno de ellos: Ánimo, no tengas miedo, yo estoy contigo, yo te protejo y te sano.
Hoy en día muchos estamos enfermos, necesitados y urgidos de sanidad y bienestar. Santiago nos invita a no hacer “Acepción de personas”. Que ante tanta necesidad y enfermedad no hagamos distinciones, no señalemos o separemos. No las releguemos o echemos a un lado. Ni los pobres ni ninguna persona debe de ser discriminada, separada ya que sería colocarnos en el lugar del Buen Juez que nos dice “En verdad les digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. El mismo no hizo distinción de personas, el apóstol nos llama la atención recordándonos que los pobres son los predilectos de Dios. Acción que vemos en el evangelio.
Jesucristo, es la Buena Noticia, que nos trae la Salvación y la Redención, pues él es la personificación de éstas.  Ésta novedad es presentada en tierra extrajera, esta vez en la Decápolis. La Decápolis es una región que se extiende al oriente del mar de Galilea y del río Jordán; se llama así porque abraza diez ciudades griegas que el emperador romano Pompeyo organizó en una especie de confederación cuando conquistó ese territorio. El Evangelio nos presenta una de las curaciones que realizó en su propia tierra: Galilea.
Como en la mayoría de los relatos de milagros, se comienza con la presentación del enfermo y la descripción de su mal: un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él. El sordomudo simboliza la actitud cerrada del mundo pagano frente al proyecto de Dios: sordo para escucharlo y tartamudo para proclamarlo. Este hombre o mejor dicho este mundo no está bien y necesita de Jesús, y le piden que le impongan las manos sobre él. Este gesto es propio de Jesús, no lo encontramos en el Antiguo Testamento, pero si es muy común en las curaciones del Señor Jesús y luego de las primeras comunidades cristianas los discípulos y apóstoles del Señor.
La sanación del sordomudo ratifica la actitud de los paganos que poco a poco abren sus oídos a la Palabra de Dios. Nosotros debemos dejarnos sanar por el Señor, que el abra nuestros oídos, para escucharle con claridad y así obedecer lo que nos manda, que el Señor Jesús destrabe nuestra lengua para que podamos proclamarlo con sencillez y entusiasmo.

Que a ejemplo de María Santísima, escuchemos atentamente el mensaje del Señor y lo comuniquemos a los más necesitados. Que a Jesucristo sea la Gloria por los siglos de los siglos. Amén. 

jueves, 28 de mayo de 2015

Jesucristo Sumo Sacerdote

Feliz jueves de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.
Comparto ésta instantánea del día de mi ordenación Sacerdotal y que refleja el momento en el que mi Obispo venera y besa mis manos recien ungidas,  consagradas para Cristo.
No es a mi al que venera es a Jesucristo, pues he sido consagrado para el.
Hoy celebro éste Sacerdocio Único de Cristo y del cual simplemente soy "Colaborador".
Me confío a tus oraciones para ser fiel dispensador del Señor y Colaborador de su Verdad.
¿Y tu ya diste gracias a Dios por el sacerdote que te ha ayudado a acercarte a el?

martes, 26 de mayo de 2015

Éxtasis de San Felipe Neri...

En las vísperas de Pentecostés del año 1544 se encontraba el santo pidiendo los dones del Espíritu Santo en las Catacumbas de San Sebastián. Fue el momento en que San Felipe recibe los dones: cuando vio venir del cielo un globo de fuego que penetró en su boca y se dilató en su pecho. El santo se sintió poseído por un amor de Dios tan enorme, que parecía ahogarle. Cayó al suelo y exclamó con acento de dolor: "¡Basta, Señor, basta! ¡No puedo soportarlo más!" Cuando recuperó plenamente la consciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado, teniendo desde entonces un bulto del tamaño de un puño que jamás le causó dolor alguno. Experimentaba, por tanto, un constante Pentecostés.